Con más de
100 mil habitantes, la colonia Del Valle Centro ocupa el segundo puesto entre
las 10 colonias más peligrosas de la metrópoli, registradas en la última lista
elaborada por la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, pues
presenta un promedio de 7.1 delitos diarios.
Siguiendo
estos datos, nos dimos a la tarea de visitar la zona, hablar con su gente y
escribir una crónica viva de lo que está sucediendo. Conocer si es verdad que
después de cien años, los ladrones se apoderaron del barrio.
Las vitrinas de la Del Valle
De primera vista, esta colonia no
parece preocuparse por los siete delitos diarios, le inquieta más no perder el
buen gusto. Basta con fijarse en sus vitrinas: están a lo largo de Félix
Cuevas e Insurgentes, en restaurantes, bares. Continúan a lo largo de
Parroquia.
La plomería de Don Augusto
La
imagen cambia por completo cuando se llega al Centro Urbano Presidente Alemán,
mejor conocido como CUPA: un grupo de multifamiliares muy parecido a
Tlatelolco. Los finos bares son sustituidos por torterías y loncherías. Y los
olores a cigarro y perfume son suplantados por los de las milanesas fritas y
las frutas frescas. A pesar de las innumerables películas que se han rodado
aquí, el glamour no es una
característica del lugar.
Entre
tanto calor humano, Don Augusto me recibe en su plomería: "La vida es buena por
estos rumbos, aunque las cosas han cambiado de un tiempo para acá. Se decía que
la Del Valle era un muy buen lugar para vivir, sigue siéndolo, pero sin el
brillo que la caracterizaba. No digo que vivamos entre los escombros, pero bajó
la calidad de la colonia; ahí tiene a los delincuentes o a los puestitos que
acarrean más rateros. A las autoridades se les ha olvidado que la Del Valle no
es sólo Insurgentes y que si quieren devolvernos la paz deben traer más
policías".
De juegos de feria y quinceañeras
Caminar
por la avenida Gabriel Mancera, a medida que cae la noche, se vuelve riesgoso.
Pasando la funeraria Gayoso, la calle se vuelve solitaria, además de que el
alumbrado público escasea.
Sin
embargo, cuando el Jardín del Arte Tlacoquemécatl se deja ver por las luces de
neón en sus juegos de feria, todo cambia. Los primeros que aparecen son una
rueda de la fortuna, una canoa vikinga y unos columpios. A pesar de lo oscuro
que está en algunos rincones, los vecinos no dejan de acercarse.
De
vuelta a la oscuridad, el camino parece distinto. Aún sin ningún policía a la
vista, los colonos se cuidan entre sí. "Nos gusta caminar a esta hora. Llevamos
haciéndolo por 35 años. Sí, está solo, pero entre nosotros nos ayudamos si algo
pasa", expresa el señor Jorge, quien gusta de comprar café y fumar su pipa
mientras charla con su esposa cada sábado por la noche en las cercanías del
Templo de San Lorenzo Xochimanca. "Los faroles resaltan la antigüedad de la
cruz del atrio y del templo. Sigue siendo un bello lugar para salir por la
noche, pero sí agradeceríamos algo de seguridad".
En el
Parque Mariscal Sucre algunos disfrutan de un café, otros de una nieve y hay
quienes festejan en un balcón próximo. Al llegar a este punto podemos deducir
tres posibilidades: La primera, las estadísticas estén equivocadas; segunda,
nos acostumbramos tanto a la delincuencia que ya ni siquiera la vemos como algo
anormal; y tercera, estamos tan cansados de escondernos que salimos a la calle
a seguir con nuestras vidas, pues sería muy difícil adivinar dónde están los
ladrones, entre más 100 mil habitantes.
Antes de abandonar la plaza, en una de las bancas
un hombre solitario disfruta de un helado de fresa, su nombre es Roberto. Le
preguntó si considera que la decadencia ha llegado a la colonia y, sin
titubear, responde: "Más bien la Del Valle es como la vieja Europa: mira, se
contaminó del vicio y se derrumbó con las guerras, pero la preferida de los
reyes hoy está de pie y brilla, como siempre".