Las escaleras del Metro Zapata remuerden algo de polvo que, al salir, se hace más obvio con el pasar de máquinas, hombres con cascos y chalecos naranjas, protecciones plásticas que combinan; eso es lo que ven los transeúntes cuando se disponen a tomar el rumbo que, por obstrucciones obvias (la construcción de la Línea 12) se ha vuelto dificultoso.
En el único pasillo ajustado para el tránsito peatonal, los ambulantes aprovechan el acordonado plástico y colocan los discos piratas en forma de catálogo mientras las joyas de fantasía se muestran en una mesita sobre el piso sin cemento.
Una vuelta por el camino de tierra hacia la panadería y, al mirar Félix Cuevas, el transporte público pareciera no circular a juzgar por la costumbre que antes indicaba que un microbús siempre esperaba a unos pasos del puente peatonal.
A la vista de policías de tránsito, varias personas, quienes al parecer hacía tiempo atrás que no circulaban por la zona, preguntaban a los microbuseros "¿se va derecho?, ¿se va por paradero?, ¿llega al Metro Mixcoac?", como si dudaran de la ruta que seguirían los microbuses frente al único carril de circulación.
En avenida Universidad el montón de personas era constante: conforme unos subían a los colectivos, otros iban llegando con el mismo objetivo de esperar, aunque una vez arriba del transporte, la espera se vuelve más tediosa y larga.
Cerca de 10 personas suben al micro que en el parabrisas tiene el letrero de Mixcoac y otras referencias de la zona. Al costado del conductor, un hombre de unos 50 años. Un periódico con la foto del recién asesinado Arturo Beltrán Leyva adorna la delantera, mientras se llenan los asientos vacíos y en los tubos se pierden las manos de tantos que pretenden no caerse con los topes y movimientos bruscos del transporte.
No obstante, el pesero (llamado así sólo por costumbre, ya que el pasaje mínimo es de tres pesos) circula con tal velocidad que se ve que el mundo de afuera se mueve mucho más rápido.
Frente al parque Pascual Ortiz Rubio una camioneta todo terreno intenta pasar por el carril y tiene que pararse en una banqueta diseñada para el paso de discapacitados, aunque difícilmente una persona en silla de ruedas se atreverá a pasar por esa avenida o por la de Parroquia, la cual se ha hecho avenida alterna, lo cual genera en ella una circulación que antes no tenía.
En la siguiente parada, una señora de edad avanzada subió a inmediaciones del Wal-Mart junto a jóvenes que, tras ver lo lleno del transporte y el poco avance, decidieron caminar entre los acordonados y las patrullas que vigilaban el pase de los autos mientras reían entre ellos.
"Cómo ve el tráfico, está chido, ¿no?", menciona al conductor un joven que sube exclusivamente para vender sus revistas de recetas navideñas. "Déme una joven", dijo la anciana que acababa de subirse y comenzó a hojearla al tiempo que maldecía el avance casi nulo.
La calle Recreo con autos alrededor como si fuera un estacionamiento, bicis sobre las banquetas saturadas, poca gente en los negocios de la avenida, y en el micro la gente mirando la hora en sus celulares; enojados, con cara de fastidio, incluso una mentada de madre al conductor rompió el silencio de los pasajeros.
Aquel hombre que resintió el trayecto y lo tradujo en un "pinche madre", recorre el mismo camino todos los días y, aunque conoce otras formas para llegar a su destino, su situación económica lo obliga a tomar el transporte sobre Eje 7: voy para Atizapán y podría irme por otro lado pero en este camino me ahorro unos pesos... en la mañana no está tan cargado, pero como a esta hora muchos salen de trabajar siempre se pone así en este tramito", comentó.
El pasajero afirmó que ese "desastre vial" hace que todos en el transporte se pongan de malas: "tú ya lo notaste, empiezan a bajarse y es que es desesperante, pero no queda de otra".
El ruido de un celular ya no interrumpe conversaciones porque a pocos minutos de las 19:00 horas, en muchos se ve el gesto y el disgusto que los hace querer bajar del transporte. No así, hay quienes prefieren acostumbrarse a hacer el doble de tiempo sin exasperación alguna. Tal es el caso de Teresita, una contadora que prefiere tomar con calma cada avenida.
"Fui por unas cosas al Wal-Mart; no tomo este trayecto muy seguido pero pues todavía falta a que terminen todo esto, para qué me desespero", afirmó mientras intentaba acomodarse en un asiento que le fue cedido por un joven que bajó precipitadamente del pesero para caminar con una rapidez que dejó atrás a los automovilistas.
Asimismo, Teresita comentó que las supuestas vías alternas ya están "igual" con el problema del tráfico. "La otra vez mi hijo se quería meter aquí en Oso, pero también hay muchos carros que se quieren meter. Como es un solo carril se hace un relajo y es más desesperante venir en carro y quedarse parado; el transporte público de todos modos tiene que pasar, seguir una ruta".
El reloj de Liverpool marca las 18:45 horas, sus letras luminosas contrastan con los botes colocados para impedir el paso, y el ruido taladrante de las máquinas nubla la entrada a la tienda de la que muchos extrañan su pista de hielo.
Y el paso lento era en ambos sentidos: en los semáforos, en las paradas había montones de personas esperando a camiones llenos; no obstante, también eran montones los que caminaban sobre las banquetas.
Pero después de Insurgentes el tránsito parece ser más constante, aunque eso no resolverá que en los próximos meses un trayecto de 20 minutos se duplique o hasta triplique en el único carril, en el camino de cientos que, inevitablemente, seguirá siendo recorrido.